Por muy adultos que seamos deberíamos seguir mirando la vida con los ojos de un niño. Sorprendernos cada día, disfrutar con las pequeñas y grandes cosas. Consiguiendo que las pequeñas sorpresas de cada día las vivamos como grandes y las grandes como extraordinarias. Queriendo hacer amigos, queriendo ayudar a todos, queriendo saber, preguntando lo que no sepamos. Manteniendo la ilusión diaria, despertarnos de buen humor sabiendo que el día presente será un gran día. No enfadarnos por casi nada, y si te enfadas por el casi, que se te pase lo más rápidamente posible, porque un minuto enfadado son sesenta segundos que pierdes de felicidad.
Quizá entonces recuerdes que por muy adulto que seas, aquel niño que fuiste aún está dentro de ti y debemos sacarlo de vez en cuando, para poder sentir, para poder disfrutar como ellos, para poder ver la vida con esa inocencia, con esa alegría y con esa felicidad.
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