La vida pasa, el tiempo pasa, los años pasan… más de una vez habría deseado meterme de cabeza en una máquina del tiempo para borrar capítulos de los que no me siento especialmente orgullosa. Cuarenta años de experiencias para seguir en el camino.
Mirar atrás de reojo no es vivir en el pasado, o al menos no debería serlo. Dicen que todo pasa por algo, y que de todo se aprende, o esa es la idea. No volver a tropezar con la misma piedra. Frases hechas. A ver quién es el guapo que las aplica de forma impecable al día a día sin pensar: “esto no tendría que haber ocurrido”.
Tenemos la fea costumbre de vivir demasiado deprisa, de pensar poco, de desesperarnos.
Con los años, y con los palos, he aprendido a aprender. A mirarme algo más que el ombligo. A ver las cosas con perspectiva, a relativizar. No se vive de recuerdos, lo mismo que no se vive de “fantasías futuras”.
He aprendido que el rencor te pudre por dentro, y que si no somos capaces de perdonar a los demás es porque tampoco lo somos de perdonarnos a nosotros mismos. El “autocastigo” no consuela, y si no sabemos desecharlo, podemos creérnoslo.
Con el tiempo concedes a tus padres el inmenso valor que tienen. No es que los quieras más; los quieres mejor. Es como si “nos los prestaran un ratito”, y cuando menos te lo esperas se van. Que no seas de esos que valoran lo que tenían cuando lo han perdido. Que no te sientes un día en tu sofá y no te acuerdes de la última vez que comiste con ellos.
Aprendes que los grandes problemas de la vida son realmente pocos, pero que tenemos una habilidad espeluznante para magnificar cualquier cosa. A diario nos va la vida en algo de lo que mañana ni nos acordaremos. Aprendes que la noche es mala consejera, y que cuando sale el sol se ven las cosas de otra forma.
Aprendes a no juzgar a los demás, porque no sabes lo que hay detrás de cada decisión que se toma, o se deja de tomar. Aprendes a respetar, y a exigir respeto. Aprendes a decir no, porque eso es salud mental para ti, y para los que te rodean.
Aprendes a escuchar, a relegar la soberbia a un segundo plano. Aprendes que las malas rachas, si las sabes encauzar, son la antesala de algo bueno.
La vida te enseña que “el boomerang siempre vuelve”, y que das lo que recibes, y después recibes lo que das.
Aprendes que si te riges por unos principios, los que tus abuelos enseñaron a tus padres y tus padres te enseñaron a ti, duermes bien por las noches.
Aprendes a ser libre para decidir, a no buscar constantemente la aprobación de los demás, porque tropezar es indispensable para seguir adelante.
Aprendes que la envidia es una declaración de inferioridad en el más amplio sentido de la palabra, pero es humana.
La vida te enseña que puedes cambiar de opinión, que las circunstancias influyen, que las certezas no existen. Que “nunca” y “siempre” no se cumplen.
Aprendes que lo que consigues por ti mismo y con esfuerzo, tiene más mérito. Que la constancia es una virtud, y que si no la tienes la cultivas. Que la voluntad se educa. Que nada es imposible.
En definitiva, se trata de aprender a vivir. Para eso estamos aquí.
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