Pidiendo deseos
Cerró los ojos y pidió un deseo. Decían que aquellos puntos de luz que poseían largas colas iluminadas y surcaban la inmensidad del cielo inmaculado cada cierto tiempo, eran como los famosos genios de las lámparas mágicas. Sin embargo, en vez de conceder tres deseos, sólo estaba permitido uno.
Ella nunca había creído en el destino ni en ningún tipo de superstición. Era partidaria de que disponíamos de la libertad suficiente como para crear nuestro futuro diariamente. Nadie estaba condenado a ser esclavo de su propia suerte. Tanto la buena como la mala suerte eran producto de nuestras buenas o malas decisiones. Pero la magia, la magia era algo distinta. Sabía que no dejaba de ser otra de esas creencias irracionales e ilusorias, aunque con un componente vital necesario para creer: no en fuerzas sobrenaturales, sino en uno mismo. Era ilusión lo que permitía hacer realidad nuestros deseos, nuestras ambiciones, nuestros retos. No era supersticiosa, de eso estaba segura, pero le encantaba cumplir deseos. Hacer realidad sueños.
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