lunes, 8 de diciembre de 2014

El otro día escuché una frase que trazó una sonrisa sobre mi rostro, imposible de disimular.
Se trataba de una pequeña niña, de unos cinco o seis años, que saboreaba un gofre de cholocate y nata con la adorable torpeza que suelen tener los niños de su edad. Tenía trazos de chocolate en los cachetes y en los dedos, y creo que  hasta en las puntas de sus trencitas. Entre bocado y bocado preguntaba qué era esto y por qué aquello, con la naturalidad de quién está descubriendo el mundo.
Entre tanta pregunta  se fijó que cada adulto había recibido un brazalete de color verde neón y ella no. La pequeña preguntó que por qué no le habían dado uno. Su padre tomó aire y suspiró, como para agarrar fuerzas y pensar en cómo evadir el potencial berrinche. Con calma y mucho cariño le dijo: «Es que a las princesas no les dan estos brazaletes feos porque se ensucian». La niña lo miró perpleja. Pestañeó dos veces y erguida le contestó: «Pero yo no soy una princesa, soy una persona».
Yo que estaba disfrutando de su diminuta presencia desde hacía rato, no pude disimular la impresión que me causó su respuesta, y me tuve que morder los labios para no soltar la carcajada… «Es probablemente la mejor respuesta que he escuchado» –pensé.

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