viernes, 5 de septiembre de 2014

Doy gracias a mi familia, porque los he renegado un millón de veces, pero ellos me aceptan de vuelta como si nada hubiera pasado, como si antes de hablar lo entendieran todo. El mundo puede venirse abajo, pero ellos están ahí de pie frente a mi, como una respuesta silenciosa a lo que necesito.
Doy gracias a mi familia, porque han formado mis primeros recuerdos, lo que veo y lo que no veo, me protegieron en los años que no pude hacerlo, y me mostraron cómo hacerlo sola para seguir adelante sin la ayuda de ellos, que es mucha siempre, a pesar de ello.
Doy gracias a mi familia por sus códigos, he mejorado a partir de sus puertas cerradas y sus ventanas abiertas, hay amigos ahí dentro, nunca temo, nunca estoy sola, no hay necesidad de personas extrañas, sustitutas, que no están invitadas. Gracias a esto, elijo gente realmente valiosa que me ama y me respeta, y sólo así, se abren puertas.
Yo soy quien debía ser, estoy donde debo estar, haré lo que en el momento mis decisiones me permitan entender lo que es mejor para mi. Vivo con la gente correcta, en el espacio adecuado, de la mejor manera, ya que a pesar de los inconvenientes que crecer implica, yo me veo en los ojos de mi familia, y mi familia se refleja en mis ojos; no existimos uno sin otro. Sin la familia seríamos seres desvinculados de un simple núcleo, células errantes sin rumbo fijo. Doy gracias a mi familia, porque con ella somos un sistema vivo, un todo perfecto que funciona.

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